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La lucha de clases no hace cuarentena

La pandemia del COVID-19 impactó en el mundo de manera significativa desde su aparición. Las consecuencias más visibles fueron el agravamiento de la situación económica, la crisis sanitaria, miles de muertos, y entre otras cosas significó un quiebre en la continuidad de la normalidad de millones de habitantes, cuyos hábitos sociales, laborales, etc., cambiarían desde la aparición de la pandemia.

Para quienes abogamos por la lucha revolucionaria de las masas proletarias para transformar la realidad, estos cambios suman una dificultad en nuestras tareas prácticas y más cuando en muchos lugares se han suspendido derechos básicos como los de reunión o de circulación. Por esto, en la coyuntura actual no se puede definir una táctica sin tomar en consideración cómo se han parado los distintos actores frente a la pandemia y las consecuencia de esta en la situación económica y social de las masas.

Las fuerzas de la izquierda radical han tenido posiciones dispares, pero en general se han plegado a todas las recomendaciones y planteos que vienen desde las instituciones de los gobiernos, los partidos burgueses, la comunidad científica y los organismos internacionales. Creemos que estos actores, dado el contenido de clase que representan, merecen que por lo menos, los que tomamos el marxismo-leninismo como guía pongamos en duda las orientaciones que vienen imponiendo a toda la sociedad.

Si algo hemos hecho en la historia ha sido poner en duda todo lo sagrado e incuestionable, criticar todo lo que desde el Poder se busca imponer como un bien social: ¿desde cuándo los poderosos se han preocupado por las grandes masas de trabajadores, desde cuándo gobiernan para toda la sociedad? El cómo han actuado los gobiernos y los partidos burgueses, la comunidad científica y los organismos internacionales tiene que ser tomado por nosotros como lo que son: representantes de la clases dominantes. Y por ende tiene que ser puesto en tela de juicio.

La coyuntura actual exige a los revolucionarios proletarios, la presión ideológica de la burguesía crece, sólo aferrándonos a la guía de una teoría revolucionaria y manteniéndonos firmes en los principios de clase podremos delinear una táctica correcta frente a la pandemia. Esta es sin dudas una de las tareas fundamentales en nuestro contexto.

“Nueva Normalidad” y sus consecuencias

A lo largo de la historia las clases dominantes han puesto sus intereses y aspiraciones como intereses y aspiraciones generales de toda la sociedad. La crisis del coronavirus puso de manifiesto en forma explícita cómo la clase dominante utiliza todos los recursos para imponer su ideología como la ideología dominante.

Posteriormente a haber identificado los primeros casos en Uruguay se declara la emergencia sanitaria, reduciendo drásticamente la movilidad, suspendiendose toda actividad pública, espectáculos masivos, la educación presencial en todos los niveles, lo que afectaría al transporte, al sector de comercios y servicios  y otros tipos de actividades. Tras la consecuente caída en la actividad económica del país, para mantener los ingresos de la burguesía iba a ser necesario aplicar un ajuste, lo que provocaría un empeoramiento de las condiciones materiales de los trabajadores.

Para lograr implementar estas medidas de ajuste sin generar un rechazo por parte de la clase trabajadora, era necesario generar un relato que encontrara un culpable de la situación de miseria, buscar un enemigo común a todas las clases sociales, un enemigo contra quien luchar, ese enemigo era el COVID-19. Se inició una fuerte campaña desde el gobierno apelando a “cuidarnos entre todos” a la “responsabilidad individual” y a cumplir con las normas de convivencia.

Pero el gobierno no actuó solo, para la reproducción de este discurso tuvo a la comunidad científica, la cual jugó un rol determinante como voz calificada, y también al PIT-CNT, que no dudo en apoyar este discurso conciliador de clases y evitar todo tipo de organización y lucha por parte de la clase obrera en el marco de la responsabilidad ciudadana que deben tener los trabajadores, cerrando discursos y comunicados con frases como “Vamos todas y todos, juntas y juntos, a derrotar esta pandemia.”

Sin embargo, esta nueva normalidad trajo consigo drásticas consecuencias tanto materiales como espirituales para la vida de los trabajadores. El confinamiento, distanciamiento físico, el teletrabajo, la virtualidad en la enseñanza y el cierre o prohibición de actividades y espacios públicos modificó radicalmente la forma de vinculación de las masas.

Al prohibir o reducir al mínimo todo tipo de actividad recreativa, de relacionamiento con amigos y familiares, culturales, deportivas y políticas, redujeron la vida de los trabajadores a actividades estrictamente vinculadas al trabajo, en el mejor de los casos para quienes mantuvieron sus empleos y a quedarse en sus casas a quienes fueron enviados al seguro de paro. Incluso en las actividades laborales presenciales se evitaba el contacto entre compañeros de trabajo.

La “nueva normalidad” que se viene buscando imponer está marcada por el distanciamiento social y la disminución de los círculos de relaciones, deshumanizando en varios aspectos a las personas. Esto trae consecuencias en las posibilidades de unidad y lucha de la clase obrera, en la capacidad de generar vínculos de solidaridad y relaciones en los lugares de trabajo, en los barrios, de estudio, etc., que pongan de manifiesto los problemas comunes de la misma.

El rol de la ciencia

A lo largo de estos dos años de pandemia, pudimos ver el rol que jugaron los científicos y las instituciones académicas en la imposición de la “nueva normalidad”, en la reproducción, difusión y permeación del discurso dominante dentro de la clase obrera. Poniendo el “conocimiento científico” como neutro, como una verdad absoluta e incuestionable, se promovió el acatamiento irreflexivo de todas las medidas, criticando y tildando de “irresponsable”, “egoísta” o “inconsciente” a cualquiera que no las cumpliera a rajatabla o simplemente se permitiera dudar de las mismas. Presentándose como profetas y dueños de la verdad la comunidad científica y los médicos exigieron a la población creer en ellos y en la ciencia como una fe.

Desde estos sectores pequeños burgueses vinculados a la academia, a la comunidad científica y los médicos (GACH estaba integrado por aproximadamente 50 miembros de distintas facultades de la Universidad y el SMU) se difundía la idea de que la situación de precarización de las condiciones de vida era culpa de la crisis sanitaria que había generado el coronavirus, y que la única forma de superar esta crisis sanitaria era mediante la toma de conciencia individual y el acatamiento de las medidas indicadas por ellos. Aunque muchas de estas medidas eran ridículas (como usar tapabocas para circular dentro de un bar pero al sentarte en la mesa podías sacarte el tapabocas) o arbitrarias (como la cantidad de días de cuarentena), cualquier cuestionamiento proveniente de una persona no vinculada a la comunidad científica o si vinculada a la comunidad científica pero con una posición crítica, era censurada y ridiculizada por los “voceros oficiales” de la misma.

En el caso de Uruguay, vimos cómo los académicos desde bioquímicos, biólogos, médicos, etc., defendían públicamente criterios a tomar y posiciones sobre los cuáles tenían claros conflictos de interés, debido a que defender tal o cuál medida era muchas veces defender su puesto laboral, abogar por su posición destacada en la actual situación sanitaria, cerrando filas frente a cualquier posición que cuestionara su accionar, porque de fondo eso conlleva cuestionar su estatus. Estas personas son muchas de las que públicamente han tenido un rol destacado y en nombre de la ciencia han “asesorado” de forma velada por cierto corporativismo, que muy pocos se cuestionaron.

Este discurso sobre la pandemia penetró fácilmente en todas las organizaciones sociales y partidos políticos de izquierda, que hoy se encuentran conformados o dirigidos principalmente por sectores pequeñoburgueses provenientes de la misma Universidad, quienes rápidamente tomaron este discurso, reproduciéndolo y colaborando a permear a la clase obrera con las consecuencias negativas que esto provocó, desarticulando y desorganizandola.

La ciencia tiene en la sociedad moderna un rol relevante, cuando venimos al mundo nos educan en ver a la ciencia de una manera: todo lo que sea “científico” tiene una autoridad especial; todo lo que esté “demostrado científicamente” es fiable y está suficientemente demostrado. Este prestigio que tiene la ciencia en nuestra sociedad otorga evidentemente un lugar de poder.

Pero la ciencia es un producto social, de nuestra sociedad, la que está marcada por determinadas relaciones de clase. La ciencia se produce en instituciones burguesas y los individuos que conforman la comunidad científica y la academia, que son los únicos autorizados a hacer “ciencia” son empleados a sueldo de la clase capitalista. Su ascenso como “científicos” depende de adaptarse al esquema de funcionamiento de la comunidad.

Por esto, la ciencia hoy tiene un carácter de clase, hoy la ciencia que se produce es una ciencia burguesa, al servicio de esa clase. Que los resultados de la ciencia hoy en muchos casos redunden en beneficios para toda la sociedad no refuta en nada el carácter de clase de esta, que está dada por dónde se produce y por quién la produce. Y este hecho se ve reforzado si tomamos en cuenta quiénes impulsaron la ciencia que hoy conocemos: la ciencia volcada a la producción y el carácter asalariado de los científicos son un producto particular del capitalismo.

Ciertamente la ciencia estuvo al servicio de la burguesía cuando ésta jugó un papel revolucionario en la historia al enfrentarse al feudalismo y fue una herramienta fundamental para combatir el poder eclesiastico. Pero el rol que tuvo en ese momento se apoyaba en la noción del carácter natural de la razón humana propia de cualquier persona, ayudaba además al fundamentar ese carácter demostrando que la naturaleza se comportaba de manera lógica y apoyaba la idea del absolutismo como antinatural.

De esta manera el ejercicio de la razón era la condición para la autoconstitución y la libertad. Y es que la idea de democracia no puede prescindir de que cada individuo, por el hecho de poder hacer ejercicio de la razón pueda participar de manera activa y libre o también dicho de otra manera, por poder hacer ejercicio de la razón podemos liberarnos del absolutismo y el oscurantismo.

Pero, hasta los regímenes burgueses más democráticos a principios del siglo XX empezaron a romper con estas ideas avanzadas que formaron parte de la etapa revolucionaria de la burguesía. La consolidación del capitalismo monopolista y las economías de guerra exigían una planificación que tomaba a la mayoría de la sociedad, formada por la clase obrera, como un recurso que tenía que optimizarse y ponerse a disposición de la planificación al servicio de los intereses de los monopolios.

De esta manera la ciencia al servicio de los monopolios es una herramienta para atacar la democracia, esto se realiza formando una élite social de los que hacen y saben de ciencia, los que pueden demostrar científicamente las cosas, y el resto que no. La ciencia al servicio de los monopolios cuestiona la capacidad de cada individuo de tener por naturaleza la capacidad de pensar y entender, ataca a la razón inherente a toda persona, y por lo tanto, ataca la igualdad. De esta manera el conocimiento es sólo válido cuando es producido y ejecutado por esta élite que va regimentando la vida de la sociedad: ingenieros, economistas, médicos, sociólogos, psicólogos, científicos en general, todos son los únicos autorizados para opinar y proponer en su área.

La ciencia de esta manera, durante la pandemia del COVID-19 jugó el rol que le corresponde en nuestra sociedad y cuando la corporación de los políticos y los gobiernos no supieron qué hacer, salió a salvaguardar el status quo, los científicos salieron a asesorar y respaldar a los políticos, arguyeron argumentos “científicos”, dijeron que había que tener fe en la ciencia y nos pidieron que en medio de la crisis social y económica acataramos las medidas

 ¿La vacunación masiva es la solución?

En febrero de 2021 fue presentado por un grupo ad hoc a la comisión nacional asesora de vacunas, integrado por el MSP, la Udelar y el GACH, un informe sobre las  vacunas existentes contra el COVID 19. En el apartado 3 de dicho documento se detalla una lista sobre lo que no se sabía de las vacunas, tanto las que se encontraban en fases avanzadas de investigación como de las ya aprobadas. Según este grupo asesor sobre las vacunas existente contra el covid no se conocía la seguridad a mediano y largo plazo; se desconocía la eficacia en subgrupos de personas por edad (sobre todo 65 y 75 años y más), comorbilidades o infección por SARS Cov 2 previa; no se sabía la eficacia en asintomáticos (prevención de transmisión); tampoco la eficacia en casos severos, hospitalizaciones, ingreso a CTI, muertes (no hay estudios aún que muestren datos al respecto como variables primarias de análisis); no se tenía idea sobre la duración de la inmunidad; se desconocía las precauciones y contraindicaciones finales para su uso así como efectividad y seguridad en condiciones reales de uso; se desconocía sobre la necesidad de revacunación; no se sabía cómo afectaría la eficiencia de la vacuna en el caso que haya mutaciones del virus, entre otras cosas.

A pesar de no saber esta larga listas de cosas, siendo muchas de ellas no menores como la seguridad a mediano y largo plazo, la efectividad y seguridad en condiciones de uso real, el mismo documento unos párrafos más adelante, en su apartado 5 de sugerencias y recomendaciones plantea:

“En términos generales las vacunas contra SARS-CoV-2 COVID 19 aprobadas hasta el momento se muestran con perfiles de eficacia y seguridad adecuados. Es destacable que se hayan podido desarrollar en forma rápida, constituyendo una herramienta fundamental para avanzar en el control de la pandemia. Dada la situación epidemiológica, la vacunación contra COVID es una urgencia de salud pública.”

El planteo de que “En términos generales las vacunas contra SARS-CoV-2 COVID 19 aprobadas hasta el momento se muestran con perfiles de eficacia y seguridad adecuado” es evidentemente un tanto subjetivo: ¿en base a qué se consideran adecuadas? ¿No se podría luego de explicitar las incertidumbres sobre las vacunas aprobadas  un tanto más arriba del documento concluir de manera opuesta? En adelante el discurso de la campaña de vacunación fue “no hay certezas” pero “vacunate”.

El objetivo de la vacunación fue variando con el tiempo, al principio la vacuna contra el COVID-19 buscaba poner fin a la pandemia. En noviembre de 2020 se decía que la vacuna Pfizer y BioNTech tenía un 90% de eficacia en prevenir la infección del COVID-19, por aquel entonces se planteaba que se necesitaba que un 70% de la población esté vacunada para generar una “inmunidad rebaño”.

Hoy las autoridades, la comunidad científica y los médicos continúan insistiendo en la vacunación masiva pero el porqué nunca queda explícito. En algunos momentos que las autoridades se han sentido interpeladas han traído a colación la disminución de los casos de CTI o muertes por COVID-19 producto de las vacunas. Pero luego de 2 años de pandemia y millones de contagiados en todo el mundo, siempre las causas de los cambios en las estadísticas tienen que asumirse al menos como multicausales.

Estos hechos toman un mayor grado de complejidad si tomamos en cuenta el rol político que ha tenido la vacunación en medio de la pandemia ya que esto ha sido el buque insignia de los distintos gobiernos burgueses que hicieron de su supuesto poder de  negociación para la obtención de las vacunas, de la implantación de un sistema efectivo de vacunación y del convencimiento de la población a que debía de vacunarse como los grandes logros de su gestión. De esta forma, no importaba el conjunto de políticas que tomaran estos gobiernos en contra de los intereses de las mayorías, sino que lo importante -gracias a la ayuda de los medios de comunicación- era qué tan “bien” gestionaban la pandemia donde la implementación del sistema vacunatorio fue clave en la recuperación de su imagen ante las masas.

Sin dudas esto incidió en la arbitrariedad a la hora de tomar postura por la vacunación masiva como supuesta salida, desesperada y arbitraria al punto de que en ningún momento se cuestionó el gasto que implicaría la compra de vacunas, la cantidad de dosis a adquirir, como tampoco las cláusulas secretas que el gobierno firmó con los laboratorios, ya que lo importante, en este sentido, era tener una conquista política para palear las consecuencias de la crisis económica y los aumentos de los grados de miseria entre los trabajadores.

Actualmente si tomamos como referencia países con mayores índices de vacunación como Alemania, Israel o el nuestro, se están dando los mayores números de casos diarios, superando en 5, 6 o 7 veces los picos de las anteriores “olas” de COVID-19. Esto nos da pie para afirmar que la vacunación contra el COVID-19 no genera inmunidad contra la infección y lejos están las afirmaciones donde destacados científicos nos hablaban de cómo la vacunación masiva iba a generar “inmunidad rebaño”.

Muchos intentarán contestar nuestro cuestionamiento a una verdad que pareciera indiscutible arguyendo que las vacunas son menos efectivas contra nuevas variantes, que la inmunidad baja pero mientras dura es efectiva, que en muchos casos va a disminuir la gravedad y hasta salvar personas de la muerte. Bien, pero hay que entender que todas estás respuestas son algo así como modificaciones ad hoc que intentan salvar el planteo generalizado de las autoridades que recomiendan la vacunación masiva, es decir, las vacunas sirven pero un largo etcétera, y ese etcétera son los postulados que defienden el núcleo central de la idea: la vacunación masiva es necesaria.

El problema de esto es si las”vacunas contra el COVID-19 actuales van a terminar con la pandemia” y van a permitirnos volver a la “normalidad” es o no es verdadera, hoy a todas luces podemos decir que este planteo es totalmente falso.

Pero hay otro elemento fundamental y que se omite, se esconde o se niega: el carácter experimental de las vacunas basados en ARNm. ¿Por qué la comunidad científica, las autoridades y los médicos insisten en vacunar a la población que no tiene factores de riesgo con vacunas experimentales que se saltearon fases de prueba y que en muchos casos las mismas farmacéuticas reconocen que desconocen muchas consecuencias a mediano y largo plazo?

Estás ideas que la ciencia colaboró fuertemente en instalar en la conciencia de las masas toma aristas complejas cuando se empieza a contabilizar a los no vacunados en las estadísticas y al mismo tiempo cuando se atribuye al COVID-19 la crisis social y económica. Si el empeoramiento económico y social que vivimos es culpa del COVID-19 y la vacuna es la manera de terminar con esta pandemia, el hecho que no se termine -se puede concluir muy linealmente- es de quienes no se vacunan. Esta lógica perversa ha tenido por ahora un alcance discriminando a ciertas personas impidiendoles entrar en espectáculos, a viajar, a acompañar familiares en algunas mutualistas, etc. Cualquier parecido con la ideología fascista de segregación ¿es mera coincidencia?

La ciencia, teniendo elementos y herramientas, en vez de colaborar con la sociedad para que cada persona pueda comprender y contar con la información necesaria para que libremente decida si vacunarse o no, se ha sumado al coro de la atomización pública que busca imponer determinada medida sobre la base del miedo y la desinformación.

Luchemos por una verdadera nueva normalidad

Se nos ofrece volver a la “normalidad” como una conquista, pero lo que es normal para la clase obrera en este país es la imposibilidad de seguridad y bienestar económico y social. Lo normal es que nuestro país no ofrezca un futuro. El país en que vivimos, dependiente y atrasado económicamente, está lejos de ofrecernos las condiciones de vida que la sociedad moderna hace posible. El proyecto de las clases dominantes impulsado por todos los gobiernos es la profundización de este esquema. Sólo la lucha de la clase obrera por la aplicación de un programa de clase podrá cambiar esta realidad y podrá hacer normales cosas que hasta ahora parecen utópicas.

Pero esto no será posible sin lucha, sin fortalecer lazos reales entre la clase obrera por fuera de las instituciones sociales y políticas que usan tanto la izquierda como la derecha para canalizar y contener la lucha de los trabajadores. Se hace necesario romper con las pautas de la “nueva” normalidad que nos quiere imponer el gobierno y todo el sistema político, por eso un partido marxista-leninista que se precie como tal y todo militante revolucionario proletario tiene que salir a desarrollar vínculos con las amplias masas de la clase obrera, intercambiar y dialogar, fomentar la unidad y la lucha de la misma por sus intereses.

En todos los ámbitos de nuestra vida existen ciertas pautas de comportamiento que son las socialmente aceptadas o adecuadas. Sin embargo, estas normas establecidas, en muchos casos, funcionan como barreras para mantener a la clase obrera domesticada dentro del marco de lo  aceptable para la burguesía. Para poder avanzar en la organización y orientación de la clase obrera, es necesario romper con la práctica de lo políticamente correcto, romper con las pautas de conducta que se vienen imponiendo desde la pandemia. Si la clase obrera puede viajar en ómnibus, ir a los lugares de trabajo, también puede dedicar cinco minutos a hablar con nosotros, recibir un volante, participar en una actividad.

Hoy tenemos que salir a cuestionar la “normalidad” que nos venden como lo mejor para la mayoría, tenemos que poner en duda lo que viene de los ámbitos académicos y de los políticos, ya que estos son un escudo de la realidad que necesitamos transformar. En el contexto actual donde en conjunto con el empeoramiento de la realidad económica y social vienen varias imposiciones en los hábitos y las conductas para la sociedad, la militancia, la lucha y el debate con la clase obrera para constituir una acción independiente en la sociedad siguen vigentes.

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